Como si fuera un DJ, la vida combina los discos genéticos de nuestros padres y reconfigura los controles de la mesa de mezclas. Pero mamá y papá no están siempre de acuerdo en el volumen. De forma similar a cómo los padres desempeñan papeles diferentes en nuestra vida a medida que crecemos, sus genes desempeñan diferentes papeles durante nuestro desarrollo dentro del útero. Algunos genes son siempre silenciosos cuando vienen de mamá, viniendo de papá la copia activa. Sin embargo, también tenemos genes silenciosos que vienen de papá, y en esos casos la copia de mamá es interpretada al máximo volumen. Varios de estos genes intervienen en la determinación de la forma en que los bebés crecen y se desarrollan. Curiosamente, parece que papá inactiva genes que restringirían nuestro crecimiento, mientras que mamá compensa inactivando genes que promueven el crecimiento.

Hasta ahora se han descrito unos 80 genes de este tipo en mamíferos y, aunque constituyen menos del 1 % del genoma humano, sus efectos se dejan sentir poderosamente. Como ejemplo, tomemos el gen IGF2, que fabrica una proteína implicada en el desarrollo embrionario. Este factor promotor del crecimiento es silenciado por las hembras cuando éstas producen óvulos; mamá siempre nos pasa una copia silenciosa. Experimentos con ratones han demostrado que los bebés nacen mucho más grandes cuando el gen IGF2 de mamá no es silenciado. Dosis muy altas de esta proteína producen la muerte de los embriones en desarrollo en el útero. En los humanos, un fallo en la herencia de una copia silenciosa de IGF2 causa el síndrome de Beckwith-Wiedemann. Los bebés que sufren este trastorno tienen un peso dos veces mayor de lo normal. Esto supone un riesgo de aborto, aunque gracias a las modernas técnicas médicas la mayoría de los bebés pueden sobrevivir con esta enfermedad. Al igual que los ligres, sin embargo, estos individuos tienen una longevidad reducida. Si el gen IGF2 de mamá escapa al silenciamiento, pueden producirse también ciertos tipos de cáncer. Este es el mayor riesgo para los niños con el síndrome de Beckwith-Wiedemann.

Quizás la observación más desconcertante sobre los genes IGF2 de nuestros padres es que tienen secuencias de ADN idénticas, a pesar de que una de ellas esté inactivada. Una inspección más detallada ha revelado que existen sutiles diferencias que van más allá de la secuencia de ADN de los genes activos y silenciosos. Difieren en la manera en que el ADN cercano está metilado. Esto afecta a qué proteínas pueden unirse al ADN y activar los genes. El gen IGF2 de mamá (no metilado) es silenciado por una proteína represora que se une al ADN. El cromosoma de papá es metilado en una zona próxima al gen IGF2, lo que evita que el represor se una y pueda desactivar la copia de papá. El metilo es una molécula muy simple que participa en muchos procesos biológicos. Adrian Bird (University of Edinburgh, RU) y otros científicos reconocen la importancia de esta pequeña colección de átomos en el silenciamiento del ADN. Sin embargo, los genes silenciosos no son una cuestión sencilla. Existe una variedad de medios para juguetear con los controles de volumen de nuestro ADN. Se produce una gran intercomunicación entre los principales actores en el silenciamiento de genes: la metilación del ADN, los nucleosomas y el ARN (ver Lo que dice Neil). Estas características epigenéticas facilitan el diálogo entre el ambiente y nuestro cableado genético.